Lavstori

Era un atardecer frío, de esos en que la niebla se adueña del ser y la realidad tiene un límite no mayor a cinco metros. La vista devolvía todo en espejismos y la respiración se agotaba ante un aire gélido, respirable de milagro porque parecía más sólido que nunca.

Decidí pasar con algunos compañeros de oficina a conversar algunos tragos “para combatir el clima”. La verdad es que no tenía ganas de llegar tan pronto a casa y encontrarme con un frío que me resultaba más mortal que el de cualquier calle.

Nos fuimos conversando de cualquier cosa y entramos al bar de costumbre, “La Tiburona”, acogedor y buenos precios para los caballeros de lucha, no se pide más que eso hoy en día.

Como buen combatiente empuñé la primera carga de mi arma y la bebí al seco. Logré de inmediato entrar de lleno en la batalla. En el fragor de la lucha perdí completamente la noción del tiempo y de lo bebido, sólo reaccioné cuando me percaté de la caída de varios compañeros. Algunos yacían inertes sobre la barra y los más habían huido despavoridos al sonido de sus teléfonos celulares que, con voz aguda, los conminaban a regresar a sus cuarteles.

Tomé mi abrigo, lo abroché hasta más arriba del cuello y me dispuse a emprender el retorno, no sin antes beber la última copa (la casa invita) y despedirme de la tía Berta que, agitando sus enormes pechos, corría acalorada, cual enfermera de campaña, atendiendo a los caídos…..y a los por caer.

-Adiós mijito, cuídese oiga, mire que la noche está de locos –me previno con su voz ronca, de local sin espacio para “No Fumadores”.

– No se preocupe tía, si de acá me voy derechito – respondí picarón.

– shhiii, mientras no se me vaya derechito al infierno ningún problema – se rió, macabra, con la enorme doble fila de dientes amarillentos.

Salí del local con la risa retumbando en los oídos. Mientras caminaba el ruido se hacía cada vez más potente, inundaba por completo mi cabeza y no me permitía caminar erguido. Daba vueltas sin saber claramente donde me dirigía y trastabillaba de tanto en tanto. Cualquiera que me hubiese visto habría pensado que estaba borracho y de hecho lo estaba, pero era el ruido lo que me volvía loco, no el alcohol, de eso estoy seguro.

Intentaba recordar el camino a la estación pero me equivocaba una y otra vez. Ya era tarde y temí por un instante perder el tren de regreso a casa.

Seguí caminando, tanteando como un ciego en esa niebla terrible que ya no permitía ver absolutamente nada.

De pronto me sentí asido por el abrigo y me paralicé. Lo primero que vino a mi mente fue que alguien intentaba asaltarme, mi corazón latía con fuerza y ya imaginaba con lujo de detalles cómo sería arrebatado de lo que traía encima y el periódico de mañana me tendría en la crónica roja por haberme resistido ante los criminales. Por cierto, no pretendía resistirme, jamás luchaba sin una copa que blandir.

-hola, disculpa, estamos perdidas y buscamos la estación- escuché una voz dulce.

Al darme vuelta vi, pegada casi a mi cara, a una muchacha joven y sonriente, era el ser más hermoso que recordaba haber visto jamás. Permanecí por un tiempo que me pareció eterno embobado con su sonrisa.

-¿la estación? – insistió – regresándome a la realidad.

-mi hermana y yo debemos llegar pronto – explicó – señalando a la mujer que la acompañaba.

La hermana era una mujer mayor, de edad indeterminada y ojos que, en la oscuridad, parecían huecos. Intenté acercar mi mano para saludarla pero la muchacha se interpuso y me susurró que no era necesario, la vieja era poco sociable.

Seguimos caminando juntos y conversando, intentando encontrar la estación. Yo me sentía como un niño, enamorado a primera vista de esta chiquilla que no dejaba jamás de sonreír.

La hermana se mantenía en silencio y a cierta distancia, cada vez que intentaba acercarse la muchacha se ponía en medio y me abrazaba para continuar la conversación susurrándome al oído, cosa que me ponía cada minuto más feliz.

Al fin dimos con la estación y logramos, corriendo, subirnos al último tren de la noche, sin alcanzar a ver hacia donde se dirigía.

-¿les sirve este tren? – pregunté a las mujeres y la muchacha respondió afirmativamente regalándome otra de sus maravillosas sonrisas.

Entonces a mí también me servía, no tenía intenciones de ir a ningún otro lugar que no fuera con ella.

-buscaremos camarotes – señaló mi enamorada – el viaje será largo.

No entendí bien, generalmente demoro menos de dos horas en el viaje, pero si ella lo decía me parecía que estaba bien.

Cenamos en el salón comedor que se encontraba excepcionalmente repleto para esa hora de la noche, incluso había niños aún despiertos disputándose el carrito de postres.

La joven me miraba fijamente y yo seguía su mirada más atontado cada vez, la veía comer con ansias, casi frenética y me parecía cada vez más adorable. Su hermana sólo bebió una copa de vino rojo y se dedicó a observar a los viajeros con sus ojos que ahora a la luz seguían pareciendo huecos.

Una vez terminada la cena nos dirigimos a nuestros respectivos camarotes.

-buenas noches, nos vemos mañana – se despidió la muchacha, besando suavemente mis labios

-¿mañana?- repetí como un tonto.

Entonces la vieja comenzó a reír, con una risa tan macabra como la que antes había escuchado a la tía Berta. La muchacha la tomó de la mano y se la llevó dirigiéndome una última y amorosa mirada.

Ya instalado en mi camarote no lograba conciliar el sueño. Pensaba en lo torpe que había sido al no preguntar el nombre a la mujer que me robaba la razón. Percibí entonces más fuerte el sonido de la risa de la hermana vieja que se mezclaba con el de la mujer del bar y sentía que mi cabeza latía con fuerza.

Estaba desesperado, esa risa infernal me volvía loco.

Me levanté a tomar aire y me di cuenta que la risa lo inundaba todo, recorrí uno a uno los vagones y en todos lados el eco terrible se multiplicaba.

Era una risa como de metal destemplado que se hacía oír por doquier adueñándose de los pasillos y los vagones. Se hacía cada vez mas potente y se colaba dentro de los camarotes. Se metía en los oídos de las personas aunque intentaran taparlos con lo que tuvieran a mano, invadiendo sus pensamientos, tomando posesión de sus cerebros.

Muy pronto hilos de sangre manaban de sus oídos, corriendo por el cuello e inundando los pasillos. Pero nada podían hacer, sólo seguir escuchando por el tiempo que les restaba de vida esa risa demencial.

Corrí a mi camarote aterrorizado, buscando refugio. Me sofocaba en medio de la oscuridad.

De pronto sentí que alguien me abrazaba por la espalda, no podía ver pero sabía que era ella. Podía sentirla cálida, casi protectora, acariciando mi cabello y soplando aire fresco sobre mi nuca.

Recuerdo haber preguntado al fin su nombre y que ella respondiera riendo, como si fuera un chiste, que su nombre era “Locura”. Sonreí en mi interior pensando que de ser cierto no podía haber un nombre más certero para lo que esa mujer provocaba en mí.

Vi, parada en la puerta de mi camarote, observando fría, a la hermana vieja y sentí que la muchacha me abrazaba con más fuerza, como no queriendo darle espacio

-ya se buscará otro lugar – susurró mientras me seguía acariciando el pelo y entonando suave una canción que me resultaba desconocida. Poco a poco me fui quedando dormido con una plácida sensación de embriaguez.

A la mañana siguiente no sabía bien donde me encontraba, desperté con un fuerte dolor de cabeza, recordé haber tenido una horrible pesadilla con un tren repleto de gente sangrando y muriendo en medio de una vorágine de ruido enloquecedor. Pensé que tal vez era hora de comenzar a beber menos y regresar más temprano a casa.

Sí, definitivamente tenía que comenzar a ser más responsable. La noche anterior podría haber sido asaltado y acabado mi vida que apenas comenzaba.

-desde hoy intentaré mejorar – hablé para mí mismo, mientras intentaba incorporarme.

Pero algo me lo impidió. Como pude me di vuelta y vi a la muchacha de la noche anterior que, sonriente, aún me abrazaba interponiendo su cuerpo entre el de su hermana y el mío.

-buen día, joven, espero haya descansado – dijo la vieja, para luego agregar: -disculpe la grosería de no haberme presentado, mi nombre es “Muerte”, comprenderá que por ahora no puedo darle la mano.

Y comenzó a reír otra vez mientras los pasajeros del tren de mediodía intentaban tapar sus oídos con lo que tuvieran a mano.

Desde entonces viajo con ellas, siempre con la muchacha cuidando de no dejarme demasiado cerca de la hermana mayor.

Los amigos me miran extrañados y se enojan a veces conmigo, los compañeros de trabajo ya no me invitan a beber con ellos, no me lo dicen pero creo que mi mujer y su hermana los incomodan. Al menos eso parece porque se alejan raudos cada vez que nos acercamos.

Debe ser que no comprenden lo que es estar de verdad enamorado.

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